16 de junio de 2011

"I ENCUENTRO SUDAMERICANO DE ANÁLISIS DE LA CONDUCTA" Y "XX ENCUENTRO BRASILEÑO DE PSICOLOGÍA Y MEDICINA CONDUCTISTA"



La Asociación Brasileña de Psicología y Medicina Conductual

La ABPMC fue fundada en 1991, con la denominación Asociación Brasileña de Psicoterapia y Medicina Conductual (ABPMC). En la última asamblea de la Asociación realizada en septiembre de 2010, en Campos do Jordão, SP, fue aprobada la alteración de su denominación para ABPMC – Asociación Brasileña de Psicología y Medicina Conductual. Esta alteración objetiva el destaque del carácter abarcador de la Asociación, que representa diferentes áreas de aplicación y investigación de la conducta y no sólo la psicoterapia.
La ABPMC tiene por objetivo congregar psicólogos y médicos interesados en el desarrollo científico y tecnológico de la Psicología Cognitiva y Conductista, de la Medicina Conductista y del Análisis de la Conducta.
Con 1.500 socios de diferentes estados brasileños y 11.000 nombres en su banco de datos, la ABMPC reúne profesores, investigadores, profesionales aplicados y estudiantes de Psicología y Medicina.
Desde hace 20 años, la entidad contribuye para la expansión y divulgación de estas áreas en Brasil. Entre las publicaciones organizadas por la ABPMC, se destaca la colección de libros “Sobre Comportamento e Cognição y la Revista Brasileira de Terapia Comportamental e Cognitiva (RBTCC), ambas muy bien evaluadas por un órganismo gubernamental competente (CAPES).
La entidad también es reconocida por la realización de eventos científicos y sobre todo por el Encuentro Brasileño de Psicología y Medicina Conductual, y la prestación de servicios a la comunidad como charlas y workshops sobre temáticas de interés público.

Propuesta del Encuentro
Desde su fundación, hace 20 años, la ABPMC realiza anualmente el Encuentro Brasileño de Psicoterapia y Medicina Conductista, donde los investigadores presentan trabajos científicos y discuten los principales avances de la Psicología Cognitiva y Conductista, así como de la Medicina Conductista y del Análisis de la Conducta.
El encuentro reúne alrededor de 1.500 participantes, entre psicólogos, médicos y estudiantes de todo el país, además de invitados internacionales. Durante los cuatro días del evento, diferentes especialistas y profesores de Enseñanza Superior y Posgrado oferecen  cursos y charlas.
En 2011, se realizará el XX Encuentro Brasileño de Psicología y Medicina Conductista, en la ciudad de Salvador (BA), del 07 al 10 de septiembre en el Pestana Bahia Hotel. Juntamente al XX Encuentro, y como elebración por los 20 años de la Asociación, se llevará a cabo el I Encuentro de América del Sur del Análisis de la Conducta.
Este año, para la organización del evento, la ABPMC cuenta con el apoyo del Departamento de Psicología de la UFBA (Universidade Federal da Bahia), de la TATICCA  - Organização e Marketing de Eventos, delSalvador e Litoral Norte da Bahia Convention & Visitors Bureau y de la agencia de turismo Voyage Brasil.
El evento cuenta  también con la inestimable colaboración de un equipo local coordinado por Ana Cláudia Souza e Ana Lúcia Ulian.

Invitados Internacionales

Arturo Clavijo (Colombia)
Erik Arntzen (Noruega);  
Guillermo Rodriguez (Presdiente da ALAMOC/Venezuela)
Julian Leslie (Northern Ireland, UK)
Maria Malott (Presidente da ABAI - EUA/Venezuela)
Nicole Dias  (Portugal)
Raúl Paredes Fernández (Ex-Presidente da Sociedad Peruana de Psicologìa Interconductual) 
Reut Peleg (Portugal) 
Thomas S. Higbee (Utah State University)
Wilson Lopez (Colombia) 

Invitados del Brasil
Adriana Cruvinel
Aldaysa Marmo
Alexandre Dittrich
Almir Del Prette
Ana Carolina Trousdell Franceschini
Ana Lúcia Cortegoso
Ana Lúcia Ulian
Ana Paula C. Franco.
André Vasconcelos
Ângela Bernardo
Angela Skippa 
Angelo A.S. Sampaio
Antonio Celso Goyos
Ariene Coelho
Bruno Costa
Cândido Pessoa
Carla Di Pierro
Carla Paracampo
Carla Zeglio
Carlos Souza
Carmem Beatriz Neufeld
Cássia Leal da Hora
Celso Goyos 
Clarissa Pereira
Cláudia Coimbra
Daniel Del Rey
Deisy das Graças de Souza
Denise Oliveira
Dhayana Veiga
Djenane Brasil
Doralice Oliveira Pires Dias
Maria de Jesus Dutra dos Reis
Eduardo Cillo
Eduardo Pondé
Edwiges Silvares
Emmanuel Zagury Tourinho
Fabricio de Souza
Fatima Cristina de Souza Conte
Felipe Corchs
Francisco Lotufo Neto
Gisela Guedes 
Giovana Del Prette
Hélder Lima Gusso
Isaias Pessoti
Jaíde Aparecida Gomes Regra
Joana Singer Vermes
João Augusto Sampaio
João Bosco Jardim
João Ilo Coelho Barbosa
João Vicente de Sousa Marçal
Julia Guedes
Juliano Setsuo Violin Kanamota 
Julio Cesar de Rose
Karen Vogel Camargo
Leila Bagaiolo
Lucas Ferraz Córdova 
Lucas Quarantini
Lygia T. Dorigon
Maira Cantarelli Baptistussi
Maly Delitti
Marcelo Benvenutti
Marcos Roberto Garcia 
Maria Amália Pie Abib Andery
Maria Carolina Martone
Maria Conceição do Rosário
Maria Eliza Mazili Pereira
Maria Helena Hunziker
Maria Martha Costa Hübner
Maria Stella C. de Alcantara Gil 
Mariângela Gentil Savoia
Mateus Pereira
Miriam Marinotti
Natália Matheus
Nicolau Pergher
Olavo Galvão
Olga Mitsue Kubo
Oswaldo Rodrigues
Paula Inez Cunha Gomide
Paula S. Gioia
Pedro Faleiros 
Priscila Chacon
Priscila Derdyk
Rachel Rodrigues Kerbauy
Regina Christina Wielenska
Ricardo Corrêa Martone
Roberta Kovac
Roberto Alves Banaco
Robson Faggiani
Rodrigo Fernando Pereira
Rodrigo Guimarães
Rodrigo P. de A. Sampaio
Roosevelt Starling
Sandro Iêgo
Saulo Velasco
Sílvio Paulo Botomé    
Sonia Beatriz Meyer  
Sônia Maria Mello Neves
Thiago P. de A. Sampaio
Tiago Alfredo Ferreira
Tito Paes de Barros Neto
Vera Regina Lignelli Otero
Verônica Bender Haydu
Yara Claro Nico
Yara Kuperstein Ingberman
Zilda A. P. Del Prette 


Instrucciones para el sometimiento de trabajos
Vea el archivo adjuntado y las instrucciones para el sometimiento de trabajos.
Le rogamos que lea todas las instrucciones antes de someter su trabajo a la evaluación de la comisión científica, para que no haya problemas en la aceptación del mismo.
Plazos:
Todas las propuestas (con excepción de los paneles) deben ser enviadas hasta el día 10/06/2011.
El plazo para la inscripción de paneles es el 01/08/2011.

CARTA DIRIGIDA A "EL PAÍS" A PROPOSITO DEL ANIVERSARIO NACIMIENTO DE S. FREUD

La culpa es mía, señor juez.
Llevo semanas dudando, pero, vistas las proporciones que está tomando el asunto, mi conciencia me empuja a denunciarme. En efecto, aunque a más de 1.000 km de distancia (norte de Francia), he seguido con estupefacción la polémica provocada por la respuesta del profesor Ignacio Morgado Bernal al editorial de su periódico conmemorando el 150 aniversario del nacimiento de S. Freud. Y debo confesarles que todas las acusaciones, anatemas y afirmaciones (desagradables e insultantes donde las haya) dirigidas contra el profesor Morgado constituyen una grave injusticia para este buen amigo, puesto que toda la culpa es mía. Me explico. Estaba yo pasando un par de semanas en mi Barcelona natal y aproveché para visitar a compañeros de los que los años y la distancia me habían alejado; y Ignacio fue uno de ellos. Entre las mil cosas que evocamos salió el eterno tema del psicoanálisis y su influencia respectiva en España y en Francia. Pocos días más tarde, participé en una emisión de divulgación científica en el canal “Barcelona TV” en la que se me entrevistó justamente acerca de Freud y en la que tuve la ocasión de exponer algunas de las críticas que desde hace ya un cierto tiempo son dirigidas contra el psicoanálisis y su fundador. Y después apareció el editorial de su periódico. Ignacio estaba indignado pero me comentó que ya ni siquiera pensaba replicar. Y yo, que acababa pues de “arremeter”, le contesté que era lástima dejar un tal escrito sin la respuesta que se merece, pero no pensaba llegar a convencerle. Cual no fue pues mi sorpresa al leer su escrito y la retahíla de cartas que han seguido. Y por ello me siento obligado a saltar a la arena, a menear la capa y la muleta para desviar la atención del toro que está ferozmente embistiendo al profesor Morgado cuando el instigador, el culpable, soy yo. Y para muestra, un botón.
El profesor Morgado, al tratar al psicoanálisis de “falacia”, se ha quedado corto, cortísimo. Hoy en día existen pruebas documentadas, publicadas e irrefutables que demuestran claramente que Freud mintió descaradamente, que ninguno(a) de sus pacientes mejoró nunca (al contrario); que el mismo día que pronunciaba una conferencia afirmando que Dora estaba completamente curada escribía una carta a su amigo el Dr. Fliess confesándole que estaba desesperado y que no sabía qué hacer con ella (se han encontrado, en efecto, los registros de los diferentes hospitales psiquiátricos por los que erró el resto de su vida) etc. Yo, como muchos, llevaba años criticando al psicoanálisis (por mil razones que estoy dispuesto a exponer cuando y donde sea) pero pensaba que su fundador era intelectualmente honrado y obraba convencido. Equivocado, pero de buena fe. Hoy en día, incluso esto se derrumba, lo que no implica que sus seguidores sean también unos impostores: nunca he dudado de que la inmensa mayoría de psicoanalistas creen sinceramente en lo que predican y aplican. Pero también pienso que la mayoría de curas y obispos creen sinceramente en Dios, el Cielo y la Virgen sin que por ello yo esté obligado a ser creyente. Y puesto que hablamos de religión, llamemos las cosas por su nombre (y vayan ya preparando la hoguera para quemarme): el verdadero estatus del psicoanálisis es el de una secta (o una religión, si prefieren ustedes, puesto que una religión no es más que una secta que ha triunfado). Y se lo voy a argumentar. ¿Cómo se llega a ser psicoanalista? Sencillamente, sometiéndose (con todos los sentidos de la palabra) a un psicoanálisis hasta que el psicoanalista formador considera que el novicio ha integrado suficientemente la doctrina como para poder ejercer a su vez. Este procedimiento tiene un nombre: rito de iniciación, noviciado; cooptación, en suma. Como para entrar en cualquier secta. ¿Sabe el hombre de la calle que para ser psicoanalista no es necesario ser ni psiquiatra ni siquiera psicólogo? ¿Que muchos de ellos son filósofos? ¿Que el vecino de al lado puede serlo si sigue el rito? Cierto, muchos de ellos lo son, pero cuando ejercen como psicoanalistas no aplican lo que les han enseñado en las facultades de medicina o de psicología sino lo que han aprendido tendidos en un diván. Esto es gravísimo, señoras y señores. ¿Sabe el hombre de la calle que la mayor parte de los escritos de Freud fueron encerrados por sus “herederos” (su hija Ana, la princesa Maria Bonaparte y su historiador oficial, Jones) en unos contenedores que se hallan en la Biblioteca del Congreso de los EEUU, con prohibición de ser abiertos antes de finales de siglo? ¿Qué terribles secretos han así segrestado, sustrayéndolos a la mirada de los historiadores y difundiendo en su lugar una versión expurgada, una especie de Vulgata? Seguramente algo de muy grave, capaz de dar un golpe mortal a la doctrina. ¿No les recuerda esto algo?
El psicoanálisis es a la ciencia de la conducta lo que la astrología es a la astronomía, lo que la alquimia a la química, el vitalismo a la biología, el charlatanismo a la medicina, el creacionismo al darwinismo: un oscurantismo reaccionario e inoperante. Y si sólo se tratase de una discusión metafísica, como la del sexo de los ángeles, yo le hubiese dado razón a Ignacio: no vale la pena perder el tiempo polemizando con sectarios disfrazados de humanistas. Pero detrás de lo que puede parecer una simple querella de escuelas están los pacientes, estas persones que sufren, que piden ayuda y que merecen que se les atienda como Dios manda, es decir, con todos los adelantos que, en un siglo, hemos conseguido en el campo del conocimiento del ser humano y de su conducta. ¿En qué otro ámbito celebraríamos y nos conformaríamos con conocimientos viejos de más de un siglo? El bienestar de los pacientes es demasiado importante como para dejarlo en ciertas manos.
Dixit et salvavit animam meam.
Esteve Freixa i Baqué
Catedrático de Ciencias de la Conducta y Epistemología
Universidad de Amiens (Francia)

UN EJEMPLO PARADIGMÁTICO DE LAS CONFLICTIVAS RELACIONES ENTRE CIENCIA E IDEOLOGÍA: LA RESISTENCIA AL CONDUCTISMO EN EUROPA. (1)



Esteve Freixa i Baqué (2)

Ciencia e ideología siempre han mantenido relaciones particulares, de interdependencia e interfecundación, de intercontaminación a veces, conflictivas demasiado a menudo. La historia de la ciencia esta llena de ejemplos de estos diferentes modos de relación entre ambas. Y nuestro siglo nos ofrece aún un vasto panorama de ello con las vigorosas polémicas acerca de, por no citar más que algunas, el creacionismo respecto al darwinismo, el clonaje de seres humanos, los organismos genéticamente modificados o, el que va a estar al centro de esta conferencia, la resistencia, en Europa concretamente, a adoptar un “nuevo” (a pesar de que pronto cumplirá un siglo!) paradigma en psicología: el conductismo.


En efecto, frente a una posición históricamente dominante del psicoanálisis, con la complicidad del movimiento postmodernista (incluyendo sus aspectos de relativismo cognoscitivo) y el apoyo de las posiciones anticientíficas generadas por el miedo, el desconcierto y el desamparo frente a las potentes y eficaces tecnologías actuales en ámbitos tan distintos como la física nuclear, la genética o la embriología, el conductismo, que acumula los defectos de ser una postura científica y de desarrollar una tecnología eficaz en el manejo de las conductas, inspira una gran repulsión y produce una fuerte resistencia a su adopción (a tal punto que, para entenderla mejor, el tema de la resistencia al cambio se ha convertido en mi principal tema de investigación experimental y algunos de los resultados recientemente obtenidos son presentados en este mismo Congreso; pero el objeto de esta conferencia se sitúa a nivel teórico y no empírico).

Vamos pues a examinar algunos aspectos de las oposiciones ideológicas al conductismo en nuestras latitudes.

Cuando yo era estudiante (es decir, hace mucho, muchísimo tiempo... ) [mostrar la calvicie al público] y asistía a una conferencia, tenía costumbre de apostar con mis compañeros sobre la introducción de la misma: yo apostaba siempre a que el conferenciante, sea cual fuese el tema que iba a abordar, remontaría, buscando antecedentes, a los griegos. Y, en efecto, ganaba muy a menudo puesto que, solo comenzar, el conferenciante de turno, tomando la pose más docta que podía, soltaba aquello de: “Ya los griegos ya…”

En aquellos entonces, me había prometido a mi mismo que, si alguna vez en el futuro me había yo de hallar en la situación de dar una conferencia (cosa que, en aquella época, me parecía totalmente improbable, claro) nunca caería en este fácil recurso.

Los años han pasado (como pueden ustedes perfectamente comprobar) y la vida me ha llevado a pronunciar alguna que otra conferencia por esos mundos de dios. Pero les aseguro que si, por casualidad, algún alumno de los que han tenido el mérito y la paciencia de escucharme hubiese realizado la misma apuesta, nunca se hubiese enriquecido a costa mía, pues he respectado siempre esta promesa.

Hoy van pues ustedes a asistir a un acontecimiento único, excepcional e irrepetible: no voy a remontar a los griegos, sino al principio del principio, es decir, a la Biblia, y, concretamente, a su primer libro, el libro del génesis.

En efecto, desde las primeras páginas del texto fundacional de nuestra cultura común (la cultura judeo-cristiana, como suele decirse ahora) queda claramente establecido, bajo la estampilla altamente prestigiosa de “palabra de dios” por si fuese poco, que la única cosa que ese dios no puede tolerar, es el conocimiento. Me explico (especialmente para los jóvenes que me escuchan, quienes posiblemente, por no haber recibido –a dios gracias- un endoctrinamiento religioso, se han perdido a la par esta cultura bíblica tan omnipresente en nuestras sociedades, por más laicas que se pretendan; pero también para los menos jóvenes, que han quizás a su vez “perdido el oremus”, como decimos en catalán y como lo reza –si me permiten este juego de palabras- el título de un “best-seller” de un muy buen amigo mío).

¿Qué nos enseña pues la historia de Adán, Eva y la serpiente? Contrariamente a lo que, durante siglos, la tradición machista y misógina de los padres de la iglesia ha pretendido, no se trata de culpar a la mujer, débil, influenciable y tentadora a su vez, frente a la cual el varón acaba siempre por ceder (por aquello de que tiran más dos tetas que dos carretas), de culpar pues a la hembra (utilizando, como ven, el lenguaje eclesiástico) de todos nuestros males, simbolizados y concentrados en el famoso pecado original, sino de dejar sentado de entrada que el conocimiento es un fruto prohibido. Adán y Eva podían hacer lo que se les antojase en el paraíso (iban desnudos, podían, y debían, “crecer y multiplicarse” -hablando en plata: fornicar como fieras-); nada de eso era pecaminoso a los ojos de dios; pero querer conocer, saber, comprender, eso, ni hablar. (Posteriormente, el Concilio de Trento asimiló explícitamente el pecado original a la curiosidad científica. Ya ven pues ustedes que no me estoy “pasando” en mi “anticlericalismo primario”). Porque conocer, en efecto, les haría similares a dios, como ya lo habían intentado antes una banda de ángeles (que probablemente se aburrían demasiado pasándose el día tocando flautas y arpas sobre las nubes) encabezados por un tal Lucifer (el mismo que ahora intentaba, disfrazado de serpiente (pobre, ¡como nos hemos de ver!) transmitir esta ansia de saber a esas nuevas y curiosa criaturas sin alas que dios se había sacado de la manga) y a los que les había justamente costado caro el intento, como les iba a costar caro a nuestros vicetatarabuelos Adán y Eva (y aprovecho la ocasión para rendir un homenaje solemne y sincero a la tan vituperada Eva, pues fue ella la que insistió para acceder al conocimiento; nuestro Adán nacional se contentaba con toros, fútbol y televisión, “y a mi no me vengas con complicaciones, tía”… Queda pues claro, como lo escribió el poeta Louis Aragon, que “la mujer es el porvenir del hombre”).

Me salto (evidentemente) los griegos (no les hablaré pues de Icaro, que se acercó peligrosamente al sol –símbolo de la luz, del conocimiento- etc. etc.) y aterrizo directamente en la edad media, donde la doctrina de la iglesia es la única fuente autorizada de conocimiento, y el papel, la misión de los sabios de la época es exclusivamente corroborar la revelación divina. Todos sabemos el final que les tocó a los que osaron llegar a conclusiones distintas, del tipo: la tierra no es el centro del universo, el sol no gira alrededor de la tierra, etc. Incluso quemaron a un tal Miguel Servet (si la memoria no me falla) por haber descubierto la doble circulación de la sangre en el sistema sanguíneo de los mamíferos. ¿Se dan cuenta? ¿Qué dogma la doble circulación sanguínea podía poner en peligro? Pero qué podía esperarse de una institución que, tiempo más tarde, cuando se construyeron los primeros ingenios volantes, los iba a condenar bajo el argumento, irrefutable donde lo haya, de que si dios hubiese querido que los humanos volasen, les habría dado alas, como a los pájaros…

La iglesia ha representado siempre la postura oscurantista por excelencia (¿no había el mismísimo cristo predicado aquello de “bienaventurados los pobres de espíritu”?) y no se vayan ustedes a creer que eso se acabó con la desaparición de la inquisición. Hasta bien avanzado el siglo XX (ayer, como quien dice) no se abolió “el índice” esa interminable verdadera lista negra en la que la iglesia inscribía todos los libros prohibidos (todo lo que la humanidad de la Luces –filósofos y científicos en aquellos tiempos aún del mismo lado de la barrera- escribía de novedoso, de progresista, de liberador, haciendo avanzar el conocimiento de la naturaleza), condenando a la excomunión toda persona que los leyese.

Mas cerca aún de nosotros: cuando la República Francesa, gracias a personalidades como Jules Ferry, instauró la enseñanza publica, gratuita, laica y obligatoria, la iglesia, que tenia desde siempre el monopolio de la educación, lanzó la excomunión no sólo contra los diputados que se habían atrevido a votar tal sacrílega ley, sino también contra todas las familias que mandasen sus hijos a la escuela pública. Y, sin ir más lejos, al finalizar la guerra civil española (“nuestra” guerra, como solían decir los que la vivieron), los “nacionales” fusilaban por el simple motivo de haber sido maestro de escuela en zona republicana. El saber, siempre el saber…

Pero dejémonos ya de biblias, griegos y papas para entrar en lo que va a constituir el registro central de nuestra charla: la oposición de las ideologías no-religiosas a la ciencia, de la filosofía (habría que decir, de ciertas filosofías, que no todas), de una cierta concepción del mundo en general y del ser humano en particular que, si bien se declaran resueltamente laicas, llevan a rastras un trasfondo inequívocamente religioso, o, como mínimo, compatible con la religión, como lo son el dualismo cuerpo/alma (cuerpo/mente en su versión laica pero igualmente dualista) y el principio del libre albedrío (que se opone frontalmente al postulado determinista de toda ciencia).

Todos sabemos que la física tuvo que emanciparse de la metafísica, que “el determinismo descendió de los cielos a la tierra por el plano inclinado de Newton”, que la química tuvo que pelear duramente con la atractiva alquimia y sus piedras filosofales, su flogisto, sus cuatro elementos y la quintaesencia (que si no fuese por la película de Luc Besson con Bruce Willis “El quinto elemento” ningún joven conocería hoy en día a pesar de ser conceptos tan populares, en la edad media, como lo son el inconsciente o el complejo de Edipo en nuestras culturas). Pero quizás el precedente que más se aparenta al caso que nos interesa es el del vitalismo. ¿Cuál era pues la tesis del vitalismo?

En nuestros estudios secundarios tuvimos que habérnoslas todos (con más o menos fortuna –menos por lo que a mi respecta-) con la química orgánica y la química inorgánica. Esta distinción, esta dicotomía, es la concretización, en el ámbito de la química, del dualismo platónico que evocábamos hace unos instantes y que instala una demarcación esencial, es decir, tocando a la esencia, entre dos mundos distintos, duales, el de la naturaleza inerte (piedras, cuerpos celestes, objetos inanimados) y el se los seres vivos (vitalismo -del latín vita, vida-). Después de siglos de forcejeos, se había acabado por ceder a la ciencia el ámbito de la física, reconociendo pues que la tierra no era el centro del universo y que los objetos físicos obedecen a leyes naturales, así como por aceptar que la química de Mendeleiev explicaba satisfactoriamente la composición y el modo de reaccionar de los cuerpos inertes. Pero no el de los seres vivos. Así, el ácido sulfúrico (H2SO4), por ejemplo, puede no sólo ser descompuesto en sus elementos constitutivos (hidrógeno, oxígeno y azufre), sino que puede igualmente sintetizarse en laboratorio a partir de ellos si se conocen y dominan las condiciones de temperatura, presión, etc. necesarias para tal operación. En cambio, el ácido úrico, que, como su nombre indica, se halla en las orinas de los mamíferos (ejemplo que no tomo al azar como podrán ver a continuación), por más que se conozca su composición y su fórmula, nunca podrá ser sintetizado, por el simple hecho de que es elaborado por ese laboratorio tan peculiar como es el cuerpo de un ser vivo. En un tubo de ensayo nunca podrán darse las condiciones necesarias para una tal síntesis que solo el cuerpo vivo puede producir precisamente por eso, por ser vivo, por poseer la vida. Al químico, en su laboratorio, con su tubo de ensayo y las diferentes substancias químicas que componen el ácido úrico, le falta un ingrediente que, si me permiten un juego de palabras, es vital: la vida, el “élan vital ” como decían ellos. Solo los cuerpos vivos pueden producir las sustancias que secretan. La química no basta para dar cuenta de ellos puesto que la química no contempla, entre sus parámetros, al “élan vital ”. La ciencia se detiene a las puertas de la vida, ese milagro que la pura química no podrá nunca explicar.

Esta era pues la posición vitalista dominante (pues coincide perfectamente con el “sentido común, por lo que se le puede calificar de concepción “intuitiva”) hasta que el alemán Friedrich Wöhler, en 1827, realizó la primera síntesis, en laboratorio, de una de esas substancias secretadas por un cuerpo vivo, concretamente (pero ustedes ya lo han adivinado), del ácido úrico (y, desde entonces, no se ha parado de sintetizar nuevas substancias corporales, desde la insulina hasta hormonas sexuales, pasando por todo tipo de substancias que se han convertido en banales). El vitalismo quedó pues definitivamente descalificado en un solo ensayo. Es lo que tienen de bueno las “experiencias cruciales”: zanjan un debate a menudo milenario en unos minutos. Pero entre el momento en que un experimento de esta índole se produce y el momento en que la concepción filosófica, ideológica que derrumba deja de ejercer su influencia en la sociedad puede pasar un largo periodo de tiempo. Un ejemplo de ello lo constituye el invento del teléfono. La tesis vitalista pretendía (y la mayor parte de la población con ella) que la voz humana solo podía ser generada por un ser humano, con su argumento clásico: la física puede explicar los sonidos en términos de longitudes de ondas, vibraciones, etc. pero ello solo es válido para los sonidos producidos por cuerpos inertes. La voz no es un sonido como los demás puesto que es producida por un ser vivo. Con los aparatos de los físicos, se podrán producir y reproducir sonidos, ruidos, pero no voces. Hasta que Alejandro Graham Bell, el 10 de marzo de 1876 (¡es decir, casi 20 años más tarde de la síntesis de la urea!), consiguió establecer un enlace telefónico a una distancia de unos 30 metros.

Hoy en día, el vitalismo, en tanto que postura filosófica declarada, está pues muerto y enterrado (lo que no deja de ser un colmo para una doctrina que se reclamaba justamente de la vida… Y es que la vida, a veces, nos juega unas malas pasadas…). Pero los nefastos errores conceptuales que conllevaba de trasfondo siguen perfectamente “vivitos y coleando”. ¿A qué errores conceptuales me estoy refiriendo? Me voy a explicar.

Hemos mencionado antes que el núcleo de la conceptualización vitalista consistía en postular la existencia de una entidad, la vida o “élan vital ”, poseída en bien propio por los seres vivos y no reductible a física o química, entidad causante de ciertas reacciones químicas que no podrían jamás producirse sin su intervención. La vida es pues concebida como algo poseído por el cuerpo, como la sangre o los pulmones, y que, mientras el cuerpo la posee, está vivo; y cuando, “la vida se le escapa por sus heridas” o cuando, sencillamente, “la pierde” (al igual que se puede perder el billetero o el teléfono celular), el cuerpo, sin la vida, se halla muerto, regresa al mundo de lo puramente físico, químico, material en suma (polvo eres y en polvo te has de convertir…). Cantidad de expresiones del lenguaje cotidiano (y no olvidemos que el lenguaje constituye uno de los principales vectores de transmisión de ideología, de concepción de la realidad, de plasmación de una manera de ver el mundo (“weltanschaung”, en alemán) cantidad de expresiones del lenguaje cotidiano, pues, vehiculan dicha tesis implícita un siglo y medio después de la muerte oficial del vitalismo, como, por ejemplo, cuando decimos “dar la vida por una causa” (como daríamos un donativo para la UNICEF), “pagar su error con su vida” (como se paga una multa con dinero), “puso su vida entre sus manos” (como se puede poner un paquete), o, sin ir más lejos, la frase que he escrito, adrede, anteriormente : “la vida, a veces, nos juega unas malas pasadas…”. En todas ellas, la vida posee un estatus de “res extensa”, de “cosa”, de sustantivo, y este es el error que estoy denunciando, la “cosificación”, la “reificación”, la sustantivación de algo que no posee atributos espaciales, que no es un elemento más del cuerpo, como el hígado o el cerebro, que no es un elemento más de una categoría, sino una funcionalidad, una interacción, una manera de nombrar los seres vivos (fíjense que “vivos” es un adjetivo y no un sustantivo), no una “pieza” más de los seres vivos. Técnicamente hablando, (y autores como Ryle han escrito páginas geniales al respecto) eso constituye lo que llamamos un “error categorial”, puesto que se confunde la etiqueta de una categoría con sus diferentes componentes, algo así como si, viendo un motor de coche funcionar perfectamente, invocáramos la “fuerza motriz” para explicar por qué ha ganado una carrera y un joven mecánico se dispusiese a desmontar el motor pieza por pieza a fin de identificar esa maravillosa pieza llamada fuerza motriz. Obviamente, no la hallaría. Estaría en presencia de bujías, pistones, cilindros, culatas, etc. pero no hallaría ninguna pieza que respondiese a ese nombre, sencillamente porque la fuerza motriz no es un elemento más del motor, es el nombre que damos a un motor que funciona. Y si está estropeado, decimos que ha perdido su fuerza motriz cuando, sencillamente, no funciona como debiera. Ni la fuerza motriz ni la vida no existen como tales. Hay seres vivos y seres muertos, pero no seres con vida y seres sin vida. ¿Verdad que parece un banal juego de palabras? Pues es toda la diferencia entre los adjetivos y los sustantivos que está en juego. Los seres vivos no están vivos por poseer la vida, sino por poseer todas sus funcionalidades fisiológicas (sus piezas, si hablásemos de motores) en buen estado y en buen estado de marcha. 

¿Dónde quiero ir a para con lo que se les puede antojar como una larga digresión que no viene a cuento? A dos observaciones que me parecen importantes.

La primera, es esta facilidad con que el lenguaje reifica etiquetas, constantemente, creando entidades ficticias a las que, para colmo, se les atribuye un papel preponderante en la cadena causal, en el proceso explicativo de un fenómeno. Y, en disciplinas como la nuestra, en que aún queda mucho por saber, por entender, rellenar los huecos con tal tipo de invenciones sacadas del sombrero de un prestidigitador por arte de magia (como dirían mis compañeros de Los Horcones) constituye una tentación muy fuerte, una facilidad muy grande a la que se ha sucumbido con demasiado frecuencia. Piénsese sino en la larga retahíla de “rasgos de personalidad” (introversión, bondad, agresividad, generosidad, y miles más) invocados para explicar conductas introvertidas, bondadosas, agresivas, generosas, etc., cuya explicación se halla y debe buscarse en otros sitios, que no en rasgos poseídos por el sujeto (del mismo modo que de nada le serviría a un cirujano buscar la vida al realizar una operación en su quirófano o al mecánico buscar la fuerza motriz al desmontar un motor). La persistencia, aunque solo sea de forma implícita, de este avatar del vitalismo representa un grave obstáculo a la comprensión de las posturas conductistas que, por supuesto, no caen en esta forma grosera de tautología a la que, por desgracia, nuestra cultura está tan acostumbrada que todo intento de ponerla en entredicho le parece pura y simplemente absurda e inaceptable.

La segunda, deriva, en cierto modo, de la anterior. En efecto, ¿qué les recuerda el asunto ese del cuerpo que, al morir, pierde su vida, como algo que le habían dado al nacer y que ahora se le escapa, o que la muerte (otra cosa que no existe, por mas calaveras con velos negros y hoces que nos pinten) viene a buscar? ¿No les hace pensar eso en el alma, infundida en el cuerpo en el momento de su concepción y que sale del cuerpo al morir, cuerpo del que se dice entonces que está “inanimado” (literalmente: sin alma –anima, en latín-)? Alma cuya existencia se pretendió incluso demostrar experimentalmente en la edad media pesando los cuerpos de los agonizantes justo antes y justo después de morir y obteniendo sistemáticamente una diferencia de 21 gramos aproximadamente (otro hecho que los jóvenes conocen exclusivamente a raíz de una película titulada, justamente, “21 gramos”), diferencia de peso que constituía pues la prueba irrefutable de la existencia del alma (a pesar de la increíble contradicción que representa atribuir un peso a algo que, por definición, es inmaterial…) Con el dualismo hemos pues topado. Con ese dualismo tan intuitivo, del que cada uno de nosotros tiene consciencia constantemente y al que no queremos renunciar bajo ningún pretexto. Permítanme que me detenga un instante en este concepto que ya he utilizado un par de veces durante esta charla: concepción intuitiva.

Entendemos por concepción intuitiva una manera de concebir el mundo provocada y, sobretodo, mantenida, por las apariencias que la “corroboran”. En otras palabras, una concepción de “sentido común” a la que todos y cada uno puede acceder por sí mismo, sin necesidad de tener estudios, pues resulta evidente y se encuentra, por ello, compartida por todo el grupo social. Que la tierra es plana y no se mueve, que el sol gira a su alrededor, que poseemos un “algo” interno (llámese alma, mente, psiquis o lo que sea) distinto del cuerpo pero que interactúa con él, son ejemplos claros de concepciones intuitivas. Y la ciencia (pero, sea dicho en honor de la verdad, algunas filosofías también) tienen la desagradable (y, a veces, peligrosa) misión de proporcionar conceptualizaciones distintas, que contradicen, casi siempre, el sentido común (por lo que se les llama “anti-intuitivas”) y que generan una muy fuerte resistencia al cambio, pues las apariencias siguen jugando a favor de las conceptualizaciones primitivas, la cual cosa es totalmente lógica pues dichas conceptualizaciones han sido generadas para explicar los fenómenos que percibimos; lo mínimo que se les puede pedir es pues que nuestra percepción de tales fenómenos las corrobore, cerrando así el círculo vicioso (la tautología, en suma). Toda nueva teoría que se halle en contradicción con las apariencias que todos podemos constatar (incluso el propio científico que la propone, al que, por consiguiente, se tildará de intelectualmente deshonesto o de incoherente consigo mismo, descalificando pues su teoría) toda nueva conceptualización pues, se enfrentará con los “argumentos” del sentido común corroborados por la “experiencia” cotidiana millones de veces constatada. Vamos a ver; si la tierra fuese redonda, los que viven en el polo sur vivirían cabeza abajo, y, sin contar que las sangres se les subirían a la cabeza, se caerían, pura y simplemente. Y si la tierra se moviese, nos daríamos cuenta de ello, como lo notamos cuando nos desplazamos en barco, por ejemplo. E puor si move! como dijo Galileo (y todos sabemos los problemas que ello le acarreó…) Actualmente, supongo (¡y espero!) que ninguno de ustedes duda de ello. Y, sin embargo, ahí, sentados en sus butacas, escuchándome (más o menos; los del fondo van echando alguna que otra cabezadilla pensando que no les veo…), ¿tienen Uds. alguna percepción de su movilidad, alguna sensación de velocidad como la que experimentan cuando se atreven a montar en algunos de esos cacharros infernales de los parques de atracciones que nos revolotean el estómago y nos producen unas sensaciones tan fuertes que incluso pagamos por sentirlas? ¿Verdad que no? Su respuesta intuitiva sería declarar que no se mueven y tratar de chalado a quien pretendiese lo contrario. Sin embargo, saben perfectamente, pues han integrado la teoría científica al respecto, anti-intuitiva donde la haya, que están viajando en el espacio. Y, para mostrarles que, a pesar de saberlo, les cuesta creerlo (siempre a causa de las malditas apariencias, de las propias vivencias de cada uno de Uds., a las que otorgan un crédito primordial) permítanme que les refresque la memoria acerca de la velocidad concreta a la que nos estamos moviendo todos nosotros en este instante preciso.

Recordarán que en la escuela nos enseñaron que la tierra efectúa dos movimientos: el de rotación (sobre sí misma) y el de traslación (alrededor del sol). Conociendo pues el radio de la esfera terrestre y el tiempo que tarda nuestro planeta para dar una vuelta sobre si mismo (24 horas) podemos calcular la velocidad (velocidad igual a espacio sobre tiempo) a la que nos propulsa el simple movimiento de rotación: en números redondos, 1.000 Kms/h. ¿Alucinarte, verdad? Pues eso no es nada. Su movimiento de traslación, el que dura 12 meses alrededor del sol, lo realiza a 100.000 Kms/h. Eso ya son palabras mayores. Pero en realidad, eso es aún pecatta minuta, pues debemos recordar que el propio sol tiene a su vez sus propios movimientos de rotación en su galaxia y de traslación, viajes en los que arrastra a sus satélites, es decir, la tierra y los demás planetas del sistema solar. Así es que, en virtud de la rotación solar, nos movemos a 1.000.000 de Kms/h y, agárrense fuerte a sus butacas, pónganse el cinturón de seguridad y el casco, a 10.000.000 de Kms/h en virtud de la traslación solar. Ahora y aquí, estamos moviéndonos a esta velocidad. (Por favor, no se me mareen ahora que lo saben, que todavía no he terminado).

El problema proviene pues de un hecho que, aunque resulta evidente, raramente tomamos en cuenta. Y es que una nueva conceptualización de un fenómeno no modifica las apariencias, no modifica la manera de percibir el fenómeno en cuestión: la tierra se nos sigue apareciendo plana, no tenemos sensaciones de estar viajando a velocidades vertiginosas, seguimos viendo el sol girar sobre nuestras cabezas día tras día y nos pasamos la vida “hablando con el hombre que siempre va con nosotros” (parafraseando a Antonio Machado). 

Y ya que me he puesto a sacar a relucir poetas, permítanme que les cuente una historia real, protagonizada por el gran poeta romántico alemán Goethe, que viene como un guante para ilustrar lo que estamos diciendo. En aquél entonces, Newton acababa de presentar su teoría de la luz y de los colores a través del concepto de longitud de onda, y su demostración de la descomposición del haz luminoso en los diferentes colores del arco-iris, gracias al prisma de refracción, alcanzó un gran nivel de popularidad. Pues bien, el ilustre Goethe publicó un vindicativo panfleto maldiciendo tal descubrimiento con el argumento (de un romanticismo digno de Sisí emperatriz) de que, de ahora en adelante, sabiendo que los maravillosos colores no son más que vulgares longitudes de onda, los enamorados no podrán ya extasiarse delante de la belleza poética de un arco-iris. Parece mentira pero es verdad.

No, la teoría ondulatoria de la luz no quita belleza alguna al arco-iris ni mata al romanticismo de los enamorados, sino que abre paso, por ejemplo, al descubrimiento de los rayos láser que podrán ser utilizados (además de para batallas con sables en la guerra de las estrellas) a operar incruentamente miopías graves que quizás permitirán a nuestra pareja de enamorados románticos, que entre tanto han envejecido y ya no solo no están enamorados, sino que han perdido agudeza visual (y muchas otras agudezas también, créanme!), les permitan pues ver de nuevo los magníficos arco-iris. 

Pero volvamos a retomar el hilo allí donde lo habíamos dejado (quizás Uds. anden un poco perdidos por los meandros tortuosos de este conferencia, con tanto paréntesis, y paréntesis dentro de los paréntesis, tanta digresión, anécdotas, etc., pero les aseguro que yo sé perfectamente donde me hallo y a donde quiero ir a parar. Lo tengo aquí escrito, no se preocupen. He tenido todo el verano para fastidiarme las vacaciones redactando este texto, perfilando el hilo conductor, cincelando las transiciones, modificándolo, puliéndolo, cuidando los detalles… todo, absolutamente todo, está aquí escrito. Y cuando digo “todo está aquí escrito”, esto también está escrito, no se vayan a creer…) [mostrar la hoja al público]

Estábamos revisando los estragos que ha proporcionado el dualismo platónico-agustino-cartesiano a la humanidad. Pues dicha concepción filosófica del universo en general y del ser humano en particular se opone a la concepción opuesta, a saber, el monismo materialista (vamos a dejar de lado el otro monismo posible, el idealista, porque, aparte del ilustre obispo Berkeley, nadie se lo ha tomado nunca en serio). El materialismo monista, pues, considera que solo existe una única sustancia en el universo, y que esta sustancia es la materia (contrariamente al monismo idealista que afirma que solo existe el espíritu). La ciencia adopta, profesa y se basa, evidentemente, en la concepción materialista monista del universo. Es uno de sus postulados esenciales. Por lo que resulta evidente que ciencia y dualismo no hacen buenas migas.

Pero, por desgracia para nosotros, pobres conductistas, la ciencia y el dualismo, después de un feroz combate secular en el que poco a poco aquélla fue conquistándole a aquél primero el mundo de la física (los astros, etc.) y luego el mundo de la química y de la biología (rendición y toma de las llaves del vitalismo, como ha sido expuesto anteriormente), han llegado a un armisticio, a una especie de Yalta epistemológico, a costa nuestra. Me explico. A cambio de abandonar toda pretensión sobre el cuerpo, el dualismo ha conservado su “territorio” propio (noten la contradicción en los términos: el espíritu, por definición, no posee res extensa), su “coto de caza reservado”, a saber: la mente. Y la ciencia, con dos excepciones notables que abordaremos enseguida, ha aceptado este pacto contra naturaleza que perenniza al dualismo pues acepta distinguir el cuerpo y la mente, es decir, acepta totalmente la tesis dualista en la medida en que ya no le molesta, pues ha conquistado el mundo físico, que es el que le interesaba. Y los sacrificados en la mesa redonda de las negociaciones hemos sido, evidentemente, nosotros. No olvidemos que un científico, por más científico que sea, se halla sometido, respecto al mentalismo, a las mismas engañosas apariencias que la verdulera del mercado (con los debidos respetos; la propia madre del que les habla vendía pollos en el mercado de la Boquería de Barcelona, o sea que nadie se sienta ofendido). En efecto, un científico ya sabe que la tierra es redonda, que gira alrededor del sol y que se puede sintetizar ácido úrico. Pero aún piensa que se comporta según su mente le indica. Y, después de haber pasado 8 o 10 horas en su laboratorio razonando como un buen materialista monista, se quita la bata blanca, la cuelga en el colgador del vestíbulo (y el monismo con ella), se pone el abrigo (y el dualismo con él) y se convierte en un dualista ordinario (y algunos incluso se van a misa…). Y si en el final de semana, en una tertulia entre amigos, sale el tema de la conducta, a pesar de ser quizás incluso un eminente premio Nóbel, adoptará posturas tan mentalistas y dualistas como cualquier de sus contertulianos. Y si entre ellos se halla un conductista, el pobre se encontrará más solo que el guardameta en el momento del penalti. Puesto que el conductismo representa una de estas dos excepciones a las que me refería hace un instante; la otra la constituyen las neurociencias puras y duras (porque también existen las neurociencias “cognitivas”, que ya es tela marinera…), las puras y duras pues, con su postulado reduccionista con el que nosotros, por supuesto, no comulgamos (puesto que acabo de hablar de “ir a misa”…).

Y aquí reside quizás una de las principales razones a la fuerte resistencia al cambio que genera el conductismo (¿ven como no me he perdido por las nubes? ya voy aterrizando…) En efecto, el dualismo, el mentalismo, el oscurantismo, han ido progresivamente retrocediendo terreno frente a la ciencia; pero cada vez que perdían una batalla, les quedaba en la retaguardia una nueva plaza fuerte donde atrincherarse unos cuantos siglos más antes de tener que retroceder de nuevo. Precisamente por ello, aunque hiciesen durar el combate tanto como podían (nadie cede privilegios por las buenas), capitular no era tan dramático como eso pues tenían en reserva otra fortaleza mucho más inexpugnable desde la que iban a poder dar guerra algunos siglos más. Pero la batalla que les está librando el conductismo reviste un carácter muy peculiar, puesto que se trata de la última y definitiva. En efecto, si pierden también la mente, desaparece pura y simplemente el dualismo, por la sencilla razón de que uno de los dos elementos que lo definen, a saber, el espíritu, alma, mente o psiquis, ha sido herido de muerte y solo queda en liza el otro elemento, el cuerpo, el mundo físico. En otras palabras, el dualismo se disuelve en el materialismo monista si cede su último bastión: la mente. Por eso el combate es tan feroz. Por eso las resistencias al cambio de paradigma (como diría Kuhn) son tan brutales. Porque están guerreando al borde del precipicio, en lo más alto de las colmenas de la más alta de las torres del más escarpado de los castillos. Y si retroceden, se estrellan. Así de sencillo.

Por si ello fuese poco, da la desgracia de que existen un sinnúmero de paradigmas de recambio (todos ellos dentro del marco dualista y mentalista, evidentemente) que pueden ventajosamente competir con el conductismo (pues resultan extremadamente atractivos) y resolver la papeleta, salvar la situación al acorralado dualismo. Y entre ellos, el más conocido, popular, extendido y, por qué no decirlo también, seductor, es el psicoanálisis. 

En nuestras latitudes, su hora de gloria (¡que la tuvo, y mucho!) ya pasó a la historia (aunque no se confíen demasiado: con la inmigración masiva de argentinos y bajo los nuevos vestidos de psicoanálisis breve, parece ser que causan de nuevo furor). Pero quedan un par de países: Francia y, precisamente, Argentina, en los que sigue siendo el paradigma dominante, con situación casi de monopolio. Y ello en un momento en que en tierras donde había llegado a ser tan omnipresente, como en los EEUU, por ejemplo, se halla completamente marginalizado: la prestigiosa revista “Times” publicó recientemente unas estadísticas muy relevantes: en Nueva York, que había sido “la Meca” del psicoanálisis durante buena parte del siglo XX (véanse las películas de Woody Allen), en la actualidad, el número medio de pacientes por psicoanalista es de tres y medio aproximadamente. Sin comentarios. Francia y Argentina son pues al psicoanálisis lo que Cuba y Corea del Norte al comunismo.

Pero a mi me ha tocado vivir en Francia, y como que lo que ocurre en este país respecto al tema que nos ocupa parece increíble, es aquello de que “si no lo ves no lo crees”, “parece mentira pero es verdad”, etc., voy a contarles algunos de los hechos más inimaginables para que se puedan hacer una idea de hasta donde la ideología puede llevar en su combate despiadado contra el conductismo. Y, por favor, por inverosímil que les parezca, créanme; no me invento nada. Palabra.

Sobre este particular podría yo estar hablándoles días enteros. Me limitaré pues a los hechos más recientes.

Hace unos años, una serie de Asociaciones de Pacientes rogó al Gobierno francés que encargara un estudio sobre las diferentes formas de psicoterapias y sus eficacias respectivas, pues los pacientes, a menudo poco y/o mal informados, se pierden en los meandros de las mas de 300 escuelas o formas de psicoterapia oficialmente censadas en la patria de Descartes (sin contar las no censadas). El Ministerio de la Salud encargó al prestigioso organismo público e independiente de investigación científica sobre ciencias médicas (Inserm) que llevase a cabo tal tarea. Se compararon, a través una meta-análisis bibliográfica, los resultados, en términos de eficacia, de 4 de las escuelas más populares, a saber, las terapias kosheríticas, sistémicas, cognitivo-conductuales e integrativas. Los resultados fueron los que toda la comunidad científica internacional (excepto la francesa; bien sûr!) conoce desde hace décadas (recuerden los trabajos pioneros de un Eysenck, por ejemplo) y que han sido replicados cantidad de veces incluso en estudios del nivel de los realizados por la Organización mundial de la Salud (OMS): sólo las terapias conductistas obtienen resultados significativamente superiores a los de los grupos control y a los del grupo placebo. Concretamente, el estudio del Inserm concluía que, sobre 16 trastornos estudiados, las terapias conductistas habían demostrado una eficacia probada en 15 de ellos, y el psicoanálisis en solo 1 (15 a 1, ¡menuda goleada!). Cuando dicho informe fue publicado (2004), el Ministerio lo calificó de trabajo excelente y el alto funcionario que lo había encargado (el Sr. Dab) fue públicamente felicitado por su labor.

Ustedes no tienen ni idea de las reacciones de la prensa en los días, semanas y meses que siguieron. Encargué a una “tesinanda” compilar todo lo que se publicase al respecto (incluyendo radios y televisiones) y tengo a disposición de quien desee consultarlo el fruto de este trabajo (indispensable leer francés; lo siento). Les juro que fue alucinante. Para muestra, un botón. Dada la “victoria” masiva de los resultados de las terapias cognitivo-conductuales (TCC), se la comparó a la de los resultados, sospechosamente unánimes, de las “elecciones” en la antigua URSS o en los regímenes dictatoriales. Pero las cosas no se acabaron aquí. Una de las tendencias más radicales del psicoanálisis francés, la Escuela de la Causa Freudiana, encabezada por Jacques-Alain Miller (JAM para los íntimos, personaje del que voy a hablarles de nuevo dentro de unos instantes), yerno del difunto Jacques Lacan, se lanzó a una verdadera cruzada contra el informe del Inserm, y no paró hasta obtener una victoria total. En efecto, a costa de, incluso, chantajes electorales, consiguió (2005) que el Ministro de la Salud (Douste-Blazy), renegase el informe, retirándolo de la pagina Web del Ministerio y asegurando a los psicoanalistas reunidos en un multitudinario meeting en el legendario espacio de “La Mutualité” al que había sido invitado, que “nunca más oirían hablar [de dicho informe]” (sic). Les doy mas detalles a continuación. Pero como que ustedes quizás piensen que eso del “chantaje electoral” es tal vez una exageración mía, les traduzco un extracto del relato que el propio JAM publicó en su “blog” de su entrevista personal con François Hollande, Primer Secretario del Partido Socialista Francés (PS): 

Esta vía conducirá al PS y a toda la izquierda al fracaso. Mi padre, fallecido en agosto, era un socialista legitimista, que había sucesivamente admirado a Leon Blum, Guy Mollet, Alain Savary, François Mitterrand, Lionel Jospin, y que sólo os encontraba cualidades. Él habría sin duda aprobado esta advertencia. Pero seguramente hubiese desaprobado lo que le voy a decir a continuación. Nunca he imaginado votar a la derecha.(…) No me gustaría tener que votar (…) a la derecha ni al centro. Pero lo haré si el PS dejase a los adeptos de la evaluación-TCC, los sociólogos « constructores de opinión », toda esta banda de naufragadores, de cuantificadores a todas-todas y de expertos marionetistas (…) dominar su pensamiento y su acción.

Como pueden ver, Francia se comportó, en este asunto, como una vulgar republica bananera (ya sólo faltaba que se organizasen hogueras al estilo de la inquisición para quemar públicamente el informe… como lote de consolación por no poder quemar a sus autores). ¿Dónde se ha visto que un grupo de presión consiga que todo un señor Ministro de la Salud Pública reniegue un informe científico encargado por sus propios servicios a la demanda de los pacientes? Evidentemente, el alto funcionario del que les he hablado, el que se había ocupado del asunto y que había sido felicitado, dimitió; el director del Inserm, cuyo método de investigación había sido calificado públicamente, en el prestigioso diario Le Monde, de defectuoso y muy criticable, redactó una respuesta que el periódico no le quiso publicar, ni siquiera como “derecho de respuesta”, bajo el falacioso pretexto de que en el artículo no se había criticado nominalmente a su persona sino al organismo que él dirigía. Sin comentarios. O mejor dicho, sí; permítanme que les lea el comentario siguiente, que, a pesar de no ser mío, coincide perfectamente con la tesis que llevo desarrollando a lo largo de esta charla:

En el año 1300, el papa Bonifacio VIII publicó une bula por la cual prohibía toda disección humana. En el siglo XVI, el Concilio de Trento asimiló la curiosidad científica al pecado original. En el siglo XXI, el Ministro francés de la Salud prohibió la publicación, en la Web del Ministerio, del informe sobre la eficacia de las psicoterapias realizado par expertos del Instituto Nacional de la Salud y de la Investigación Médica de su país. Como lo dice François Jacob, « La historia de las ciencias es, en cierto modo, la historia de la lucha de la razón contra las verdades reveladas ». Jacques Van Rillaer.

Para colmo de recochineo, la prestigiosa revista anglosajona Nature (Vol. 307; 25 de febrero del 2005, página 1197) no se perdió la ocasión de ridiculizar a los “frenchies” sobre el asunto y consagró un recuadro al “affaire”, calificándolo con el bochornoso epíteto de “French Psychoflap”. Aquí se lo reproduzco tal cual:

French Psychoflap
Post-Freudian Lacan.
Freudian psychoanalysis is far from the mainstream in modern mental health care. But it's alive and well in France--and it just got a shot in the arm from health minister Philippe Douste-Blazy, to the consternation of many scientists.

Speaking at a 5 February meeting of psychoanalysts in Paris, Douste-Blazy praised their work while announcing that he had ordered the removal from his department's Web site of a 2004 report concluding that the scientific evidence favors cognitive-behavioral therapy (CBT) over psychoanalysis. "You won't hear about [the report] again," Douste-Blazy, a cardiologist, assured his elated audience.

France has a strong psychoanalytical tradition, founded by Jacques Lacan (1901-81), who melded classic Freudian ideas with structuralism in what his detractors say is a pseudoscientific, cultlike movement now led by his son-in-law Jacques-Alain Miller. Many of its followers were angered when France's leading health agency INSERM issued a report in February 2004 that took the currently popular "evidence-based" approach to psychotherapy and concluded that CBT has the most to show for itself.

This time, many other psychologists and psychiatrists are incensed. "I'm totally amazed and puzzled," says Jean Cottraux, a psychiatrist at the Pierre Wertheimer Neurological Hospital in Lyon and a member of the INSERM panel. He calls the report's removal "an act of censorship" that could favor a regressive "lacanist takeover" of the field.

There's speculation that Douste-Blazy's remarks also are behind the sudden resignation last week of epidemiologist William Dab, director-general for health, whose office had requested the study. 
¿Ven que no les estoy mintiendo?

Otro asunto del que quisiera hablarles brevemente (cuyo protagonista es de nuevo nuestro ahora ya familiar JAM) es el de la publicación, en el 2005, de la traducción francesa de la novela utópica de Skinner: “Walden 2”. En efecto, a pesar de haber sido publicada inicialmente en 1948 y traducida a un gran número de lenguas, las editoras francesas siempre se habían negado a publicarla. Estuve personalmente peleando en ello, con altos y bajos, casi 4 lustros antes de conseguir que saliese. Evidentemente, ningún órgano de prensa o audiovisual no dio cuenta de ello y el libro ha pasado totalmente desapercibido (luego volveré sobre esta eficaz técnica del “cook-out”). Pero, por si acaso, JAM se sintió obligado de publicar, en Internet, el delirante y paranoico discurso que les traduzco, con la piel de gallina, a continuación: 

Las tendencias criminales de los EEUU, basta con girarse hacia Aboub-Graib para verlas en plena luz. Hay que saber que las torturas, no menos psíquicas que físicas, que han conmovido al planeta, son la aplicación de un método que tiene un nombre: son exactamente los métodos conductistas. El genial inventor de conductismo, B.F. Skinner, decía, y ello fue impreso en septiembre de 1971 en la portada de “Time magazine”: «We can’t afford freedom», “No podemos pagarnos el lujo de la libertad”. En este sentido había escrito ya, en 1948, una utopía infame: Walden-2. (Jacques-Alain Miller ; Agence lacanienne de presse, le 19 mars 2005) 

Obligado hoy a meterme en política para combatir las terapias conductistas y la cultura de la evaluación (…) he lanzado en las ondas de France-Culture, el pasado jueves, la “Red internacional de Amigos de las libertades” que se extenderá a través de toda Europa y de América Latina, y reunirá mañana Americanos, Británicos, Australianos, que han sufrido en sus carnes el totalitarismo de la terapias conductistas.(…) La ideología conductivo-evaluacionista no es de izquierdas; no es de derechas; es la de los enemigos del género humano, que ni siquiera son conscientes de ello, por supuesto, puesto que son igualmente unas personas excelentes. La noción de la ciencia que vehiculan es una caricatura; sus investigaciones cuantificadas son imbéciles; sus tesis son utópicas; su utopía es infame. Léase si no Walden 2, que ellos han incluso tenido la inconciencia de hacer publicar. (Communiqué de Jacques-Alain Miller, 21 Mars 2005)

Consideramos que, en todos los casos, las terapias conductistas son contraindicadas, y que sus éxitos de Vds. son ilusorios (…) hemos declarado contra la ideología que Vd. representa un firme combate (…) En todos aquellos casos en que la Administración pidiese al personal bajo su tutela que se formase a las técnicas cognitivo-comportamentales y que las practicase, pensamos que estarían en su derecho de alegar una objeción de conciencia. Estamos estudiando la manera de proporcionarles, para ello, una asistencia jurídica. Jacques-Alain Miller répond au Président de L’APPCC, 30 mars 2005, 18h 44.

Antes les decía que la técnica del “cook-out” era muy eficaz. Ya la utilizaron en el 2002, cuando se publicó (en Bélgica, que no en Francia) un muy buen documentado libro (que espero se traduzca al castellano) de un tal Jacques Benesteau cuyo valiente título era: “Mentiras freudianas: historia de una desinformación secular”, aportando la prueba de la impostura freudiana y de la profunda deshonestidad intelectual y ética del fundador del psicoanálisis. Nadie habló del libro. Pero recibió el Premio de la Academia Francesa de Historia de la Medicina (¿no está mal, verdad?) y eso no lo podían soportar. Se sacaron entonces de la manga una arma que, en Francia, siempre reviste un carácter mortal: la acusación de antisemitismo, que en la columnas de “Le Monde” ya habían ensayado contra un autor que antes he citado (Jacques Van Rillaer), según el silogismo imparable: Freud era judío (y padeció la persecución de los nazis, que exterminaron una parte de su familia y le obligaron al exilio); usted ataca al psicoanálisis y a Freud; luego usted es antisemita. Como que ni una sola línea del libro de Bénesteau no contiene la más mínima connotación antisemita, le acusaron de “antisemitismo enmascarado”, acusación muy en la lógica de la irrefutabilidad intrínseca del psicoanálisis (debidamente analizada y criticada en su tiempo por el epistemólogo Karl Popper) y frente a la cual no hay manera de defenderse porque, o bien existen frases antisemitas, y entonces la acusación es cierta, o bien no existen, lo que demuestra que se trata, en efecto, de antisemitismo enmascarado, y la acusación es igualmente cierta. Es como aquello de: “cara, yo gano; cruz, tu pierdes”. La acusación fue pues lanzada, por escrito, por Elisabeth Rudinescou, gran figura (historiadora oficial) del psicoanálisis francés y que gravita en el ámbito del inevitable JAM. Para defender su honor, Bénesteau presentó una denuncia por difamación y fueron a juicio. Como que no había nada de nada, el tribunal declaró que no había ni tan sólo “materia constitutiva” para instruir la causa y que, por lo tanto, en ausencia de “cuerpo del delito”, no podía ni siquiera pronunciarse. Pues bien, la Rudinescou en cuestión va repitiendo por todas las radios, televisiones y periódicos que ella acusó a Benesteau de antisemitismo, que éste le puso un pleito pero que no lo ganó (dejando entender que lo perdió y que, por lo tanto, su acusación de antisemitismo ha sido avalada por una decisión de la justicia). A eso se le llama, pura y simplemente: “terrorismo intelectual”. Y no soy yo quien lo digo, sino el prestigioso semanario de izquierdas “Le Nouvel Observateur”, quien se atrevió a publicar, el 1 de septiembre del 2005, con portada dedicada y todo, un “dossier” sobre la salida de otro libro crítico del psicoanálisis (“El libro negro del Psicoanálisis”, actualmente en vías de traducción por parte de una editora sudamericana) en el que el redactor en jefe del semanario revela, entre otras cosas, como Rudinesco les había presionado para que no lo publicasen (siempre lo del “cook-out”) y amenazado con tildarles a ellos también de antisemitismo (otra “tesinanda” se ocupó de constituir un “dossier” sobre el asunto, igualmente a la disposición de Uds.)

Y para terminar con este asunto, informarles que circula por Internet una lista nominativa de los profesores universitarios que incluimos el libro de Benesteau en la bibliografía recomendada a nuestros alumnos. Mucho me temo que, un día de estos, tal terrorismo deje de ser puramente “intelectual” para transformarse en banalmente “manual” y alguien me parta la cara… ¡Riesgos del oficio!

Un último ejemplo, tan increíble como los precedentes, para rematar el asunto: el “affaire” de “la enmienda Accoyer”, del nombre de un diputado (de derechas) que propuso un texto al Parlamento (bajo la forma técnica de una enmienda; de ahí la apelación con el que se conoce este asunto) para reglamentar la profesión de psicoterapeuta. Deben Uds. saber que en Francia, hasta 1984, el título de psicólogo (contrariamente al de médico, farmacéutico, abogado o, simplemente, contable) no estaba protegido. Se podía multar y/o encarcelar a alguien por “ejercicio ilegal de la medicina” pero no por “ejercicio ilegal de la psicología”. Todo ciudadano que lo desease podía (a condición de ponerse en regla con Hacienda por las cuestiones de impuestos y con la Seguridad Social por los asuntos de cotizaciones) colgar una placa en la puerta de su casa declarándose psicólogo. No había ninguna distinción legal entre un licenciado en psicología y un(a) médium, un(a) vidente, un(a) que lee las líneas de la mano, tira las cartas o consulta una bola de cristal. Actualmente, la apelación “psicólogo” está pues protegida como la de otras carreras. Pero sólo se protegió la palabra “psicólogo”, no la raíz “psi”. En virtud de lo cual, todo ciudadano que lo desee (a condición … etc. etc. etc.) puede colgar una placa declarándose psicoterapeuta. Y como ya hemos visto que existen más de 300 formas de “psicoterapias” en el mercado, Uds. pueden imaginarse la situación. Los pacientes, faltos de informaciones serias al respecto, creen que si alguien ejerce, de manera oficial y pública, tal delicada profesión, debe poseer unos estudios oficiales, una capacitación reconocida y controlada por el Estado. Nunca se les ocurriría pensar que cualquier “gurù”, cualquier hijo de vecino sin escrúpulos pueda ejercer impunemente un oficio que implica cuidarse de los problemas de los demás, entrar en su intimidad, aconsejarles, etc.

Para proteger pues a los usuarios de caer en manos de simples charlatanes, Accoyer propuso un texto reservando la apelación de psicoterapeuta a los psiquiatras y a los psicólogos clínicos. ¿Logico, verdad ? Pues se equivocan Uds. magistralmente. Si tal texto hubiese progresado, los psicoanalistas que no fuesen psiquiatras o psicólogos no hubiesen podido seguir ejerciendo (y en Francia hay muchos que no lo son; que son filósofos, lingüistas o hijos de vecino, puesto que todos sabemos que para ser psicoanalista basta con haber sido psicoanalizado por otro psicoanalista en un proceso denominado “psicoanálisis didáctico”, un sistema de cooptación que aparenta, de hecho, al psicoanálisis a una secta). Imagínense la que armaron. Y, sabiendo lo que ahora saben respecto al poder tremendo de este “lobby” tan potente, no les extrañará saber que, evidentemente, consiguieron que se modificase el texto para que les incluyese a ellos (y a ellos solos: todos los demás sin formación, fuera; menos competencia…). El texto final concede pues el titulo de psicoterapeuta a psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas… y médicos de cabecera (sin que nadie sepa por qué estos últimos han sido incluidos). Les paso los detalles (algunos de ellos muy suculentos; por supuesto, dispongo del “dossier” correspondiente realizado por otra “tesinanda”), pero sepan que llevamos ya varios años (sí, sí: ¡años!) con el asunto y, en el momento en que les hablo, todavía no se ha llegado a un acuerdo sobre los decretos de aplicación de tal disposición. Hoy en día pues, el primer fulanito (o fulanita) de tal que lo desee, puede instalarse, con toda impunidad, como psicoterapeuta en la patria de Molière.

El reloj me dice que debo concluir. Lo haré de una manera bastante pesimista. Creo que, como ya lo he dicho en otras ocasiones (por ejemplo: en una anterior edición de este Congreso, celebrado en Xalapa, del que guardo un maravilloso recuerdo) el conductismo lo tiene muy negro. Uno hubiese podido esperar que, a raíz del gigantesco paso adelante que se produjo en el siglo XVIII, justamente llamado siglo de las Luces, con el movimiento de los Enciclopedistas franceses, el oscurantismo y su séquito de ideologías reaccionarias hubiesen sido heridas de muerte, abriendo así paso a la Humanidad hacia un futuro radiante de racionalidad, ciencia y progreso. Pero la historia (como las artes o la filosofía), contrariamente a la ciencia, no es cumulativa, sino que obedece más bien a la ley del péndulo: un paso adelante, un paso atrás. Y, del mismo modo que, a nivel político, la Revolución francesa, legítima y natural heredera del Enciclopedismo y las Luces, fue cronológicamente seguida por el Imperio napoleoniano y la Restauración de la monarquía, el materialismo monista, determinista y ateo (por no decir agnóstico) de los Diderot, D’Alambert, De la Mettrie, D’Holbach, Voltaire y otros libre pensadores, fue seguido por una revancha de las filosofías más idealistas que imaginarse pueda (Bergson, Alain, Maine de Biran, etc.) así como por movimientos claramente neo-oscurantistas, como el llamado post-modernismo de finales de siglo.

Para postres, la caída de las grandes ideologías (comunismo, tercer-mundismo, etc.), el marcado retroceso de la religión católica y la cada vez mayor desconfianza frente a la ciencia y la tecnología, que han pasado de ser considerados como factores de progreso y de liberación a ser vividas como fuentes de amenaza y deshumanización (bomba atómica, centrales nucleares, manipulaciones genéticas, clonaje, técnicas de condicionamiento, etc.), todo ello ha contribuido a suscitar la emergencia o la resucitación de substitutos aun más retrógrados como lo son el “new age”, las creencias en todo lo que suena a para-normal y para-psicológico, la irracionalidad más absoluta, la proliferación de todo tipo de sectas y la expansión de las otras religiones, en sus versiones más fanáticas, extremistas e intolerantes, por supuesto.

¡Dios nos pille pues confesados!

Muchas gracias por su atención.


(1) Comunicación en el Congreso CIEC-2006 Santiago de Compostela. También publicado en Inglés en la Revista Brasileira de Analise do Comportamento / Brazilina Journal of Behavior analysis. 

(2) Esteve Freixa i Baqué. Université de Picardie Jules Verne. Départament de Psychologie. Laboratoire E.C.C.H.A.T.